domingo, 11 de abril de 2010

El análisis de los usos lingüísticos en la interpretación de un discurso

Claudia Maldonado Cáceres




¿Cuál es la función más importante del lenguaje? ¿Qué quiere decir comunicar? ¿De qué depende que realmente comuniquemos nuestras ideas? ¿Es fácil que esto ocurra? Dado que, como seres humanos, somos parlantes por naturaleza y usamos el lenguaje casi sin darnos cuenta, se nos hace un hábito comunicarnos a través de una lengua y damos por fácil un proceso que, en realidad, por su complejidad, es digno de admiración y de estudio. Asumimos que la comunicación de nuestras ideas es sencilla y, dado que comprobamos la efectividad de nuestro uso del idioma cotidianamente, es poco probable que, sin una motivación externa, nos pongamos a pensar en los procesos que hacen de nosotros los seres que privilegiamos, por encima de todo, la forma de comunicación lingüística en nuestras vidas.

Partamos de una idea conocida por la mayoría y aceptada como tal. Comunicar(se) es transmitir ideas, sentimientos, experiencias. En la comunicación lingüística, una persona genera un mensaje en un idioma determinado, que conoce y usa con naturalidad, y otra persona lo capta y comprende. Esta descripción ha sido esquematizada así:

Emisor mensaje Receptor

También, para complejizar un poco, se ha dicho que el emisor “codifica” un mensaje en un determinado “código” (su lengua), el mismo que debe ser compartido por el receptor, quien “decodificará” el mensaje a partir del conocimiento que tiene de las reglas del idioma en que le hablan. A partir de allí, se ha propuesto e impuesto la idea general de que

Comunicar = codificación + decodificación
(a cargo del emisor) (a cargo del receptor)

Por lo tanto, para comunicar, bastaría con que emisor y receptor sean hábiles en el uso de su idioma, es decir, que sepan cuáles son sus reglas, para que se produzca la comunicación.

Una idea también conocida y aceptada es que un idioma es un sistema: un conjunto de elementos finitos más sus reglas de funcionamiento. Al combinar dichos elementos (sonidos, palabras, frases, oraciones) según lo indican las reglas de la lengua, seremos capaces de producir infinitos mensajes en función de nuestra necesidad. A partir de ello, nuevamente, se deduce que para comunicar hay que tener un saber lingüístico, es decir, un conocimiento de las reglas del idioma que usamos, para garantizar la codificación de infinitos mensajes que otro usuario del mismo código o lengua deberá ser capaz, a su vez, de decodificar.

Sin embargo, hace tiempo ya que la ecuación 1, según la cual el hecho de comunicar es igual a codificación + decodificación, ha sido revisada y puesta en cuestión. Se sostiene ahora que, para que realmente se produzca la cabal comprensión de un mensaje, son necesarios, además de los conocimientos sobre el código, es decir, los saberes lingüísticos o de reglas de idioma para codificar y decodificar, un saber o conocimiento sobre el mundo, que les permita no solamente lo primero, sino, además y fundamentalmente, interpretar.

Ahora, la ecuación es la siguiente:

Comunicar = (de)codificación + interpretación
(tiene que ver con (tiene que ver con un saber sobre
un saber lingüístico) mundo, tanto del emisor como del
receptor)

¿Qué quiere decir “saber sobre el mundo”? Para explicarlo, analicemos el siguiente caso: un tímido joven universitario toma valor y decide invitar a la compañera de clases que le gusta a tomar algo en la cafetería. Se produce el diálogo siguiente:

Juan : Marcela, ¿vamos un rato a la cafetería?
Marcela: Esteee… Creo que tengo clase de Lenguaje… En verdad, tengo
clase…

¿Qué interpreta usted, lector, al leer este diálogo? ¿Realmente tiene Marcela una clase a esa hora? La interpretación de que sí la tiene, tanto como la de que no, dependen, en este y todos los casos, de conocimientos que los hablantes poseen y que van más allá de sus saberes relativos al sistema (elementos más reglas) del idioma. Si conocemos un poco el contexto y podemos afirmar que el enamorado de Marcela es muy celoso y, además, en el horario de ella figuran dos horas libres en ese momento, tenemos datos para una determinada interpretación. Si sabemos que a ella le disgusta Juan, tenemos datos para otra. Y así, las posibilidades de interpretar hacen cada vez más complejo un mensaje que lingüísticamente parecía sencillo. Pensemos además en detalles como el tono de la voz con el que habla Marcela, su mirada esquiva al decir que tenía clases, y nos adentraremos más todavía en el hecho de que la comunicación, si realmente se pretende con ella la cabal comprensión de los mensajes, es un tema con muchas más variables que la simple codificación y decodificación.

Un elemento más al respecto es aquel que tiene que ver con la cultura de los hablantes, entendiéndose esta como el conjunto de ideas, valores, prejuicios, experiencias sociales, etc. que cada individuo posee a partir de su propia vivencia. ¿Qué entiende usted en el diálogo siguiente?

A : ¿Conoces al nuevo candidato del partido X?
B : ¡Y cómo no, si es una tremenda rata que sale en los noticieros
siempre!

Usted, como lector peruano, entenderá que el susodicho político es un personaje controvertido, cuya aparición en los medios tiene que ver con su mala conducta. Asociará de inmediato la alusión al roedor con una idea que es culturalmente compartida (lamentablemente) en nuestro medio, que sostiene que los políticos son deshonestos, corruptos, unas “ratas”. ¿Comprendería exactamente lo mismo cualquier hablante? ¿No necesitará, además del significado de las palabras, un conocimiento más bien del contexto, de los usos propios de los hablantes de un determinado grupo social? Porque, piense solamente si, en lugar del roedor, B hubiera respondido que el candidato es un tigre.

Quiere decir entonces que, cuando nos comunicamos, cuando escogemos las palabras y las estructuras con la intención de crear un mensaje, estamos recurriendo, claramente, a nuestro conocimiento del español como sistema, del cual empleamos elementos y reglas, pero, además, hacemos uso de contenidos, de connotaciones y de giros que son comprensibles solamente si (a) conocemos el contexto en que se dicen las cosas y (b) entendemos supuestos culturales compartidos tanto por el emisor como por el receptor. Y este conocimiento o saber sobre el mundo es tan o más fundamental que el saber lingüístico cuando de comunicar se trata.

Pasemos a una tercera cuestión que complejiza más aún el tema de la comunicación a través del lenguaje. Se trata del hecho siguiente: los hablantes no usamos el sistema de la misma manera cuando nos lanzamos a codificar o construir nuestros mensajes. Al plantear la noción de “norma” , se ha dicho que, en el uso del idioma, es totalmente común que se produzcan diferencias. No construye igual sus oraciones castellanas un madrileño frente a un limeño, o este frente a un ciudadano de La Paz, Bolivia. Los usos “normales” para cada grupo de hablantes pueden ser totalmente novedosos y hasta extraños para otros que, sin embargo, emplean el mismo sistema lingüístico o lengua. El hecho de que todos los hispanoamericanos nos entendamos obedece a que, dentro de lo permitido por el sistema, podemos hacer uso de nuestra creatividad. Y los factores que determinan esa variación tienen que ver tanto con nuestra edad como con nuestra procedencia geográfica y social. Incluso puede verse que influyen hechos como ser hombre o mujer (aunque hoy, probablemente, hay más semejanzas que diferencias entre las formas de expresarse, por ejemplo, de los y las jóvenes en la universidad). La pertenencia a un grupo cualquiera, como una “barra brava” o un grupo de surfers también puede influir y, de hecho, influye.

Quiere decir entonces que, cuando usamos el idioma, ponemos en juego nuestro conocimiento de sus reglas, a la par que hacemos aparecer en nuestro discurso características sociales y culturales que nos son propias como hablantes. No se expresa igual un hincha de fútbol bonaerense frente a un par mexicano, o una profesora de Lenguaje de la UPC ante sus alumnos, que usa una manera de hablar diferente a la del boletero de un vehículo de transporte público cuando llama pasajeros. Tampoco usará el idioma por igual un estudiante de primer ciclo si se comunica por chat con sus amigos o si lo hace a través de un correo electrónico dirigido a su Decano para hacer un reclamo. En los casos descritos, entran en juego cuestiones como la intención comunicativa y la situación comunicativa.

El primer concepto, intención comunicativa, tiene que ver con lo que se pretende al comunicar: no será lo mismo pedir datos sobre la salida al cine que se organiza con los amigos vía Messenger que escribir un correo electrónico o una carta para reclamar ante una autoridad; tampoco pretende lo mismo, comunicativamente hablando, el alumno que suplica poder entregar un trabajo a destiempo que el que se queja por una calificación injusta. La intención comunicativa refiere, entonces, a lo que se tiene como objetivo comunicativo.

Cuando nos referimos a la situación comunicativa, aludimos más bien a todos los elementos contextuales de un evento comunicativo. Nos interesa cómo, en función de esos elementos, adaptamos nuestro uso del lenguaje. La misma persona se expresa de modo distinto en una entrevista de trabajo y en un contexto amical o familiar. Su uso del idioma se hará formal o informal según sea el caso. Ahora bien, todo lo antes dicho tiene que ver con la(s) manera(s) en que el emisor emplea los elementos y reglas del sistema para construir o codificar sus mensajes (saber lingüístico). Sabemos que pone en juego, además, su conocimiento del mundo. Adecuará entonces sus mensajes según su intención y a cada situación.

¿De qué modos repercuten estas variaciones y adaptaciones que realiza el emisor en el receptor? Dado que este no solo decodificará, sino que, sobre todo, interpretará, ¿cuánto le interesan o afectan dichas variaciones en el uso lingüístico? A continuación, veremos qué tanta importancia tienen para él. A través de los usos del idioma, es posible reconocer, identificar y entender mejor a quien se comunica con nosotros. El modo en que emplea el idioma nuestro interlocutor nos da, en su pura forma, información precisa sobre el emisor. Reconocemos a los demás hispanohablantes por su acento (características fonológicas de su mensaje). Nos vemos en problemas cuando, en el nivel de la estructura de las palabras, un hablante hace un uso no “normal” o fuera de “la norma”.

¿Todos los hablantes captan por igual un titular que anuncia “Jerma mata a gil por celos”? La palabra “mujer” ha sido alterada en su estructura o morfología. ¿En qué tipo de diario encontramos estos usos del idioma? ¿Reconocemos la procedencia de un hablante si produce un enunciado como “De la ciudad su clima es muy variable.”? En este último caso, la sintaxis oracional (ordenamiento de las palabras) parece corresponder a la forma de hablar propia de la selva del Perú. Solo con escuchar a esta persona hablar, podemos identificar su lugar de origen y, a su vez, este dato, nos ayudará a interpretar mejor lo que nos diga.

¿Son estos datos valiosos desde el punto de vista del receptor? ¿Cuánto contribuyen a su interpretación? ¿Pueden, más bien, constituir un obstáculo estas variaciones? Es necesario decir aquí que pueden ocurrir y de hecho ocurren ambas situaciones: la variación en el uso del idioma puede generar tanto puntos de encuentro como de incomprensión. Un hablante será más eficaz si domina una paleta más amplia, más variada de usos lingüísticos. Y eso incluye comprender cómo varía el idioma según las regiones, según las edades, según la procedencia social, según las situaciones y las intenciones comunicativas.

Los hablantes emplean usos variados de manera tanto consciente como inconsciente. El empleo de una determinada variedad puede hacerse con una intención expresa (hablamos o escribimos de determinada manera para lograr un determinado objetivo al identificarnos con el receptor o para, por el contrario, diferenciarnos), o puede obedecer a nuestros hábitos inconscientes y a la internalización de la norma de nuestro grupo.

A continuación, como ejemplo de un uso particular del castellano y de cómo este es empleado de manera efectiva para un determinado fin, procederemos a analizar un corpus o conjunto de datos que nos permitirán ilustrar mucho de lo planteado en estas líneas. Se trata del análisis de las cartas que los lectores de la revista peruana DEDOMEDIO hacen llegar a la redacción, así como de las respuestas que los jóvenes escritores y periodistas dan a estas comunicaciones.

Propuesta de análisis

Para entender cabalmente cualquier mensaje, debemos, en primera instancia, identificar a quien lo enuncia y a quien lo recibe. Saberlo permite captar la intención comunicativa que ha impulsado a los hablantes, además de situar los enunciados contextualmente. Una vez aclarado todo ello, el análisis podrá concentrarse en las formas empleadas para darle cuerpo o materialidad, a través del lenguaje, a lo que se desea comunicar. La forma es importante porque depende de ella qué tanto logremos adecuar un enunciado para que exprese cabalmente lo que queremos. Y la forma depende de nuestra creatividad lingüística. Por ello, el modo en que usamos y organizamos la materia prima (reglas y elementos del sistema) es fundamental.

Analizaremos, entonces, enunciados construidos en español de acuerdo con sus reglas básicas y veremos el modo en que, en el libre juego de la comunicación, las posibilidades del sistema son exploradas y actualizadas por los hablantes en su afán por comunicar.

Trabajaremos con los intercambios verbales que se producen cuando los lectores de la revista Dedomedio, publicación periódica peruana, envían sus cartas a la redacción de la misma. Estas son presentadas en una sección consagrada especialmente al diálogo entre la revista y quienes la consumen.

Dedomedio, como nombre, ya nos plantea un primer nivel de análisis. Está escrito como una sola palabra, una unión de dos morfemas (palabras o partes de palabras) para crear otro nuevo. Inmediatamente, la expresión nos remite a un gesto que se hace con ese dedo en específico, en un movimiento que insulta a quien observa la mano levantada. Este primer dato será pertinente cuando descubramos quiénes lo ejecutan y lo que simbólicamente querría decir. Para ello, habrá que identificar la intención comunicativa de los enunciados y la identidad de sus emisores y receptores.

Partamos de la presentación que los primeros hacen de sí mismos. Lo que sigue ha sido tomado de la página oficial de la mencionada revista en la red.


El primer número de la revista salió a la venta en agosto del año 2007, previo lanzamiento en la Feria del Libro. El director, los redactores y redactoras, los diseñadores, productoras, fotógrafos y miembros en general de este nuevo equipo debutaron con un manifiesto que tenía esta consigna: “¡Estamos cansados!”. Y, por cansancio ante la pobreza y poca originalidad de las publicaciones locales, ante la mala televisión, ante los críticos de cine y las secciones sociales de los medios, ante la prensa en general, empezaron a escribir la revista. Son jóvenes y no tan jóvenes (parecen haber sido adolescentes en los ochenta) y, por lo que se ve, son peruanos. La revista sale en Lima, pero a la fecha ya se difunde en varias provincias del país.



Los lectores encuentran, en la publicación, artículos sobre cuestiones políticas nacionales e internacionales, entrevistas a artistas peruanos y extranjeros, muchas referencias a música y a cine, cultura popular masmediática, cultura global, cultura peruana, comida peruana, cómic, sexo, libros, muchas imágenes, imágenes y más imágenes, y mucho humor, que comparte espacios con análisis profundos y artículos serios, bien fundamentados, sobre temas polémicos de interés nacional y global. Junto a contenidos propiamente nacionales, aparecen referencias culturales muy diversas, mas abundan temas relativos al mundo cultural y lingüístico anglosajón. ¿A quién puede gustarle esto? Al parecer, a los jóvenes y también a algunos de sus padres, a universitarios en general, pero a los

de clase media y hacia arriba en particular. A los limeños, por supuesto, y a gente de otros lugares del Perú que comparte una o más características de las antes señaladas. A gente conectada a Internet. A un público esencialmente urbano. El sustento de estas afirmaciones se presentará enseguida.

Con estas apreciaciones, podríamos pasar a analizar la o las intenciones comunicativas que han impulsado a los autores a escribir. Parece que lo hacen con placer, porque tienen algo que contar y han detectado a quienes los quieren leer. Afirmamos esto por la fuerte presencia del “yo” de quien escribe a lo largo de toda la revista. Todo lo que se dice es presentado como una toma de postura personal ante el tema. Es una revista de entretenimiento y cultura vendida con, al parecer, cada vez más éxito y constituye un producto interesante. Se escribe, pues, con la intención de que la compren y de que la gente se divierta al leerla, pero también porque a los articulistas les interesa decir lo que tienen que decir.

La revista pareciera, además, estar escrita con la intención de generar una corriente de identificación con los destinatarios; hay una búsqueda de empatía con el público manifiesta en el tono personal de los artículos: lo que se narra puede ser parte de la experiencia tanto de lectores como de redactores por igual. La voluntad de dialogar se manifiesta en las cartas y en las respuestas a estas, así como en la abierta invitación a las colaboraciones de cualquiera (por supuesto, previa evaluación). De hecho, la revista ya ha publicado artículos que han sido escritos por quienes la leen.

Para comprender la relación que hay entre la revista y su público, ese afán de diálogo e identificación que mencionamos, analicemos cómo se usa el lenguaje, cuál es la forma que este asume y cuáles son sus características.

Cartas de los lectores y respuestas a las mismas


Les escribo por dos motivos: el primero (en son de patería) para felicitarlos por la revista. Me parece fuera de lo común, única, con un lenguaje fácil de digerir, ¡elegante, pe’ varón! Les soy sincero, he comprado tan solo dos ediciones y las demás me las han regalado en distintos lugares (calle, trabajo, universidad). El segundo es para compartir con ustedes un texto que escribí hace poco. Un amigo me metió la idea (estúpida, creo) de mandarles el texto. No espero su respuesta, ni mucho menos que lo lean.

Luis Eduardo Torres Pacheco
resident-lutor@hormail.com

¿Te las regalaron? ¿Quicusa? Ahora pasaremos a leer tu texto y a confirmarte si efectivamente tu amigo tuvo una idea estúpida o no.

¡Hablen, pes’ meñiques!! Jajaja… Oe’ en serio, su revista está de la pe-eme. La primera edición que leí fue la de “Todos tenemos nuestro hijo de puta”, y como podrán imaginarse, después de eso me volví adicto. Su revista es peor que la droga y el alcohol juntos (y más rica también, jajaja). En serio, los felicito por el gran trabajo que hacen. Sigan así que me hacen cagar de risa, en especial con esos chistes gráficos. Aprovecho para hacerles una pequeña crítica: falta un crucigrama y un sudoku… jaja.

José Ruesta
Ruesta_89@hotmail.com


JUAT??? Falta que aprendas a respetar, carajo, ¿qué es eso de meñiques? Acá tenemos meñiques, anulares y pulgares, y en algunos casos hemos tenido que desenfundar dos índices en un movimiento paralelo que dice “esta pa’ ti”. Bueno, ya pues, aceptamos tus felicitaciones aunque los demás dedos se resientan. Ya le mandamos tus saludos a Nicholas Gurewitch, el autor de esas viñetas que cada mes nos hacen defecar de la risa…

El día que se publicó el número con portada de Kiss, vi su revista y pensé “qué bacán, ya salió”, pero estaba misio y pospuse su compra. Cuando salí a buscarla, increíblemente ya no la tenían en ningún lado. Fui de avenida en avenida y no había, me desesperé al punto que me cambió el humor. Después de recorrer cinco esquinas, pensé “bacán, ahí si la encuentro” y me fui corriendo a esas tiendas inmensas de color amarillo que invaden todo el cono norte. Dicho y hecho, entré a la tienda y la encontré. Estaba solita, era la única, la abracé, la desnudé, pasé mis manos por sus hojas y sentí su olor. Al momento de ir a pagar, me faltaba la plata y pensé “puta, no puedo ser tan piña, carajo”, así que entré en una encrucijada: salir de la tienda con la revista escondida en alguna parte o salir sin nada. Créanme, señores, no podía dejar de maldecir, así que pensé “tas ‘on, mhttp://www.blogger.com/img/blank.gife la llevo, si me pescan me tiro al suelo y me hago el epiléptico”. Pero como Diosito es grande, en la cola del cajero me encontré con un amigo y le metí floro para que me preste dos soles. Salí con mi Dedomedio, más misio y endeudado, pero feliz.

Dan Josué Blas Olivares
Dedofan
daresdar@gmail.com


Si entendemos bien, primero te bolsiquearon, luego tú quisiste bolsiquear a la tienda, pero finalmente terminaste cabeceando a un amigo. No hay duda de que Dedomedio es una mala influencia.

Hola, ¡Me parece bravaza la idea de que se celebre el Día del Disco, de las tiendas que venden discos! ¿Me pueden explicar el tema? ¡Larga vida al rock y a los demás géneros! Un abrazo.

Renzo Airaldi Tejada
renzo77u@hotmail.com


El tema es juntar a los interesados y crear un grupo más o menos sólido para luego organizar una feria en la cual se compren, vendan e intercambien discos, toquen grupos, y se generen alianzas entre la gente que disfruta la música y respeta a los músicos. Ya somos cinco conmigo. ¿Dónde está el resto? ¡Larga vida al rock, el pasodoble y el candomblé!

Hablen, jugadorazos. Antes que nada, buenas tardes. Agradezco la oportunidad que me dan de expresar cualquier huevada que me salga del forro. Habiendo dejado eso claro, quiero chismearles que un huevón escribió un comentario en “El útero de Marita” (a propósito de un cherry que les hizo por enésima vez). Bueno, este sujeto dijo que si ustedes hubiesen publicado esa carátula en EE.UU., todos los números habrían sido confiscados y les habrían prohibido la distribución. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes. Pues al parecer el pata la encontró racista. ¿Alguien podría por favor explicarme en qué demonios estaba pensando ese tío?

Jorge Castro
Jorgecastro32@gmail.com


Jorgito querido, no tenemos la menor idea, pero qué diablos, ¿no? Si nos preocupamos de cada comment que aparece por ahí, terminamos locazos.

Espero que el comienzo de año haya sido fabuloso para ustedes. Conmigo está siendo bastante bueno, la verdad no me puedo quejar, salvo un pequeño detalle. No me han llegado ni la edición pasada ni la actual. Por favor, solución, ¡¡¡no puedo estar sin leerlos!!!

Carlos De La Torre
carlosdlt@hotmail.com


Algo raro está pasando (¡señores de Wayra, desahuévense o desahueven a sus mensajeros, pues!), porque por lo menos cuatro lectores nos han informado que desde hace cuatro meses les están llegando dos ejemplares juntos. Y suscriptores uníos, avisen en guan.
Hola Dedos, les escribe una madre de familia agradecida. Gracias a ustedes, mi hijo, de 18 años, ha comenzado a leer. Bueno, es obvio que ustedes no son Oscar Wilde o Faulkner, pero al menos me alegra verlo leyendo algo, aunque sea la malcriada pero divertida revista que publican. Por otro lado, les aconsejo meterse un poco más en la denuncia local. Un abrazo y sigan mejorando.

Elizabeth Cabrejos
elicabrejos@yahoo.com


Querida Elizabeth, qué profundo placer leerte. Pero no sé si has visto con detenimiento el staff de esta revista. ¿Que no somos ni Wilde ni Faulkner? Bueno, no seremos ellos, pero sí estamos seguros de haber dejado un importante legado a la humanidad. ¿Más denuncia local? Lo intentaremos. Para empezar, que alguien detenga a uno de los cuidadores de autos de la Avenida Diagonal. Cobra más que el estacionamiento del óvalo Gutiérrez.



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Incluso sin ninguna información acerca de la revista o sus redactores y lectores, las posibles respuestas sobre su identidad empiezan a surgir a partir de la observación atenta del lenguaje empleado. La situación de comunicación por carta lleva naturalmente al uso de la primera y segunda personas verbales, lo cual es propio de contextos más bien informales. Aquí presentamos un ejemplo:

“[…] Créanme, señores, no podía dejar de maldecir, así que pensé ‘tas ‘on, me la llevo, si me pescan me tiro al suelo y me hago el epiléptico”. Pero como Diosito es grande, en la cola del cajero me encontré con un amigo y le metí floro para que me preste dos soles.”

Es evidente que formas de lenguaje como estas pertenecen a hablantes del sistema del castellano, pero enseguida vemos que son usuarios que emplean la variedad peruana del mismo. Si recordamos el concepto de norma , reconoceremos los usos antes citados como propios del castellano peruano en general y limeño en particular (ver el peruanísimo diminutivo en “Diosito es grande”, marca afectiva en el lenguaje que nos caracteriza y que provendría del sustrato quechua), además de reconocer un registro informal propio de la juventud. La evidencia inmediata nos permite identificar a los lectores de Dedomedio y a quienes escriben la revista como gente muy probablemente joven, de alrededor de 30 años, con algunos más o menos. La expresión “[Es]tás [huev]ón” es la manera usual de dirigirse a los amigos entre los jóvenes peruanos. La práctica verbal que consiste en eliminar las raíces de las palabras para conservar las terminaciones es también marca del uso lingüístico juvenil limeño.

A continuación, otros casos y ejemplos:

“[…] vi su revista y pensé “qué bacán, ya salió”, pero estaba misio y pospuse su compra”.

“Hola, ¡Me parece bravaza la idea de que se celebre el Día del Disco, de las tiendas que venden discos!”

Desde el punto de vista léxico, términos como “bacán” y “misio” forman parte de la jerga peruana. En el caso de “misio”, que alude a “pobre”, “sin dinero”, recurre a conservar la raíz de “misionero”. El término alude a los religiosos evangelizadores en zonas lejanas del país, en cuyo beneficio era y es costumbre recolectar dinero a través de campañas en las que los escolares piden la colaboración voluntaria de la gente por las calles.

En el término “bravaza”, se ejemplifica cómo el sufijo aumentativo [azo], su femenino [aza] o los plurales de ambos géneros han pasado a constituirse en una forma típica y frecuente en el habla juvenil de nuestro país. Véase, en las mismas cartas, los ejemplos “Hablen, jugadorazos” o “terminamos locazos”. Obsérvese la estricta sujeción a las normas de formación de palabras en castellano: masculinos, femeninos y plurales siguen las reglas del sistema.

El uso disfemista que, según muchos estudios, es característico del lenguaje juvenil, se manifiesta también aquí. Las expresiones “puta, no puedo ser tan piña, carajo”, y “Todos tenemos nuestro hijo ‘e puta” así lo demuestran. El estilo burlón y “malcriado” (deberíamos decir “faltoso”) que resulta de estos usos complace grandemente a los jóvenes y les es familiar, tal vez por su afán de remarcar su diferencia y rebeldía frente a la formalidad o “estiramiento” del lenguaje adulto, que se pretende “culto” y se muestra, por lo general, eufemista . Sin embargo, y en una muestra más de creatividad, el lenguaje en Dedomedio le hace un guiño a su lector adulto (o al joven de clase media y alta con educación universitaria) con formas más “correctas” como “su revista está de la pe-eme” o “esas viñetas que cada mes nos hacen defecar de risa”, que asumen un tono supuestamente serio para conseguir, justamente, el efecto cómico contrario. Lo mismo puede decirse de la siguiente línea, en la que la mención de dos danzas poco conocidas o anticuadas sirve para generar un efecto cómico particular, solo entendible para quienes conozcan esos términos poco comunes: “¡Larga vida al rock, el pasodoble y el candomblé! ”.

Otra característica del lenguaje juvenil es su tendencia a emplear, explícitamente, giros, palabras y estructuras propias de grupos marginados o marginales, en un afán contradictorio o “contracultural” que quiere afirmarse como transgresor ante la rigidez y corrección, una vez más, del lenguaje formal o adulto. Prueba de ello es el desenfado de locuciones como “Elegante, pe’ varón”, identificada como usual entre, por ejemplo, los vendedores ambulantes que abordan a los automovilistas para ofrecerles cualquier cosa: “Colabórame, varón”. Igualmente, el afán de desmarcarse de lo serio y propio de los padres (de los “viejos”) se hace notar en la forma en que se apela a los distribuidores de la revista: “¡Señores de Wayra, desahuévense o desahueven a sus mensajeros, pues!”. Los trata de usted (uso formal) y luego emplea uno de los términos favoritos de la jerga juvenil. Una vez más, el efecto divertido, transgresor, se hace posible gracias al respeto de la regla básica de orden morfológico: [des] es un prefijo, que se une a una raíz, [huev], a partir de la cual se han generado, en perfecto castellano, desahuevar, verbo de primera conjugación, tal como surgen huevear (verbo), ahuevado (adjetivo) y desahuevina (sustantivo), entre miles de variaciones creativas posibles.

Otro aspecto digno de atención surge con expresiones que provienen del inglés: “Si nos preocupamos de cada comment que aparece, terminamos locazos.” o “JUAT??? Falta que aprendas a respetar.” Es evidente que aquí se están empleando términos del inglés, lengua de prestigio y familiar para los jóvenes, no solo por haberla estudiado todos en algún momento, sino porque es la de mayor presencia en los medios de consumo masivo de música, películas, televisión y cine, formas culturales cercanas y propias de los jóvenes. Lo interesante es la adaptación de la fonología (sonidos) del inglés al sistema castellano en “JUAT???”, así como la fluidez con que se integra “comment” a la estructura castellana de la oración, igual que en la expresión “avisen en guan” (de inmediato). Finalmente, y para concluir con el tema de los otros idiomas en este discurso, no se puede dejar pasar el término “Quicusa?”, que parece ser un juego a partir de la pronunciación del castellano andino aplicada a la expresión típicamente limeña, de tono exclamativo, que indica en el hablante una reacción de asombro exagerado o de protesta: “¿Qué cosa?”. Ahora bien, el hecho de que se juegue con la pronunciación castellana andina ¿es acaso parte del desenfado juvenil? ¿Es burla? ¿Implica reconocimiento y aceptación de esa forma diferente de hablar? Llegados a este punto en el análisis, empezamos a adentrarnos en el tema de los contenidos culturales, valorativos e ideológicos presentes en un discurso. Detengámonos, pues esto último será materia de otro momento del análisis.

Con todo lo anterior, llegamos a algunas conclusiones: el público lector de esta revista es peruano, es joven, educado, y pertenece a sectores socioeconómicos medios y altos. Podemos descubrir eso solamente con la información que los usos del lenguaje nos proporcionan. Si la intención de los redactores es generar identificación con los lectores y divertirlos al hablarles en formas que reconocen, practican y valoran, ello se logra fundamentalmente a través del estilo, la elección y la combinación de usos lingüísticos de manera creativa. Es una muestra de cómo se conjugan los componentes de la competencia lingüística de los hablantes para generar mensajes creativos y que permiten transmitir lo que se desea comunicar de modo que exprese, también, las particularidades de un determinado grupo de usuarios.

¿Cuál es la repercusión de esta revista en la sociedad juvenil limeña y peruana? Sea cual sea la respuesta, es evidente que los efectos que puedan existir tendrán que ver con el modo en que se ha usado el lenguaje. Comprender eso es un primer paso fundamental para entender la importancia no solamente de lo que se dice sino del cómo se dice.

martes, 30 de marzo de 2010

Tarea de Leng - Descripción de una Imagen





Los activistas por los Derechos de los Animales suelen tener varias tácticas para promover los derechos de los mismos hacia las demás personas. Existen varias ONGs con sus tácticas particulares. Sin embargo, algo en la que suelen coincidir todos, es en la que los voluntarios hacen una representación del Maltrato Animal con sus propios cuerpos interpretando, como protagonistas, a los mismos animales. Dichas representaciones no suelen ser en público necesariamente. Un ejemplo de ello es el que se ve en la imagen, donde un hombre está representando a un toro después de una corrida de toros, espectáculo proveniente de España. Al usar su propio cuerpo, intenta demostrar a los demás el dolor del animal, pues su intención es que hagan que las personas se pongan en el lugar del maltratado.

jueves, 25 de marzo de 2010

La lengua como sistema

Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos.

El arquero, Eduardo Galeano


1. Introducción

El fútbol tiene historias fascinantes y momentos cumbres, como aquel 7 de setiembre de 1995, fecha en la que el arquero colombiano René Higuita realizó una temeraria maniobra, bautizada después como El escorpión. En efecto, se jugaba el minuto veintidós de un partido amistoso entre Colombia e Inglaterra (en el estadio Wembley, casa de los últimos) cuando Higuita rechazó un disparo con dirección de arco, lanzado por el inglés Jamie Redknapp, de una manera muy poco convencional hasta entonces: tiró su cuerpo hacia delante, abrió los brazos en cruz cuando estuvo suspendido en el aire y, elevando ambos pies por encima de su espalda, golpeó el balón con la suela de los botines. Con esta jugada, según muchos comentaristas y conocedores de fútbol, Higuita ingresó, finalmente, en la historia mundial de este deporte.

Pero ¿por qué empezar un texto de lingüística refiriéndonos a un deporte como el fútbol? ¿Qué de común puede haber entre estas dos actividades (jugar al fútbol y utilizar una lengua) como para empezar un texto de esta naturaleza refiriendo un hecho tan anecdótico como el del párrafo anterior? La respuesta es simple y podemos adelantarla desde ya: lo que comparten estas dos actividades es su calidad de sistema. En otras palabras, el fútbol y la lengua, cuando se llevan a cabo (cuando se realizan, cuando se juegan), son sistemáticos. Esto quiere decir que son actividades que, al ocurrir, evidencian, en su funcionamiento, una serie de reglas previamente establecidas y conocidas por los hablantes (y por los jugadores). No obstante, es también cierto que, a pesar de existir este conjunto de reglas ya establecidas (y que hay que cumplir, necesariamente, para “jugar el juego”), los hablantes son capaces de realizar “jugadas” novedosas, y algunas veces espectaculares, como la del arquero colombiano.

En los párrafos que siguen, desarrollaremos estas ideas y demostraremos que los hablantes, a pesar de desencadenar un conjunto de conocimientos ya adquiridos sobre el funcionamiento de su lengua, son capaces de realizar “jugadas” inéditas y novedosas. Dicho de otra forma, describiremos cómo es posible que utilizar una lengua no sea el resultado de un intercambio ya establecido y rígido dentro de las reglas gramaticales de un idioma, del mismo modo que al jugar un partido de fútbol se tiene siempre como resultado un juego nuevo, de marcador, muchas veces, inesperado.[1]



[1] Tal es el caso del escandaloso Australia 31 – Samoa Americana 0, jugado el 11 de abril de 2001 en la ciudad de Coffs Harbour, Australia, partido oficial clasificatorio para el mundial Japón – Corea 2002.






1. Sistema: definición y distancia respecto de la noción de código

Revisemos el siguiente conjunto de características que, se asume, cumplen todos los sistemas:

a. El número de elementos que componen el sistema es finito.


b. El sistema está regido por reglas específicas que determinan la interacción de los elementos.

c. La posición de cada elemento determina su función.

d. Cada elemento es importante en tanto cumple una función específica.

e. Todos los elementos favorecen la realización de una función grupal.

f. El estado resultante del funcionamiento del conjunto es único y singular.

De estas características, podemos desprender la siguiente definición de sistema: un conjunto de elementos y de reglas para combinarlos. Por ello, podemos afirmar que el fútbol es un sistema: tiene elementos (jugadores, once por equipo) y reglas para combinar esos elementos (que son las reglas que siguen los jugadores para moverse dentro de la cancha).[1] El ajedrez, igualmente, es un sistema. Otros sistemas son el vóley, la música y, ciertamente, las lenguas, entre otros. Examinemos rápidamente si cada uno de estos cumple con los requisitos arriba expuestos.

a. El número de elementos que componen el sistema es finito. Todos los juegos mencionados anteriormente tienen un número establecido de jugadores para poder llevarse a cabo. La música hace otro tanto sobre siete notas musicales básicas. Las lenguas, igualmente, se organizan sobre un número determinado de elementos mínimos sin significado (aquellos sonidos distintivos llamado fonemas) que se organizan para formar unidades de mayor tamaño con significado (morfemas), tal como en el siguiente ejemplo:

i. c-a-s-a → casa-s → la-s casa-s → la-s casa-s elegante-s

b. El sistema está regido por reglas específicas que determinan la interacción de los elementos. Estas reglas permiten que cualquier enunciado o cualquier jugada que se realice se mantenga dentro de los parámetros del juego. Así, por ejemplo, no es una jugada permitida en el fútbol que los defensas detengan el balón con la mano o que haya dos arqueros por equipo, a la vez, dentro del campo de juego. Del mismo modo, estos enunciados son imposibles de acuerdo con las reglas del “juego” del castellano:

ii. * Las todas fue casas vendido.

iii. * Alberto dos alumnos taller tiene en de su poesía.



[1] Algunos ejemplos de estas son los siguientes: no tomar la pelota con las manos, salvo si se es el arquero; no trasladar el balón fuera del espacio marcado por los límites del campo; y no sacar un tiro de esquina con las manos.






a. La posición de cada elemento determina su función.[1] Pensemos en el fútbol. La posición de los jugadores en la cancha determina la función que deben cumplir dentro del juego: los defensas, normalmente más rezagados, evitan que el rival marque goles en nuestra portería. Los delanteros, ubicados más cerca del arco rival, reciben el balón para anotar los goles que nos den la victoria. La posición intermedia, ocupada por los volantes, es la encargada de tramitar el recorrido de la pelota hacia los delanteros o hacia los defensas. Ocurre lo mismo con las lenguas, por ejemplo, cuando comparamos los siguientes casos:

i. Juan golpeó a Mario.

ii. Mario golpeó a Juan.



[1] Esta característica varía de lengua a lengua y en ciertos contextos de la lengua más que en otros.


d. Cada elemento es importante en tanto cumple una función específica. Los elementos no cumplen funciones distintas de las que les corresponden, pues ello alteraría la naturaleza del juego. En ese sentido, no hay, al menos en el juego oficial, la posición de arquero-jugador. Del mismo modo, la lengua asigna funciones específicas para cada una de sus piezas. Comparemos los siguientes casos:

i. Ese tonto

ii. El tonto ese

Aun cuando el elemento “ese” puede tener la misma forma en ambos enunciados, sabemos que, en el primero, cumple la función de adjetivo, mientras que, en el segundo, la de pronombre. Esta distinción es importante, pues permite señalar que, a pesar de tener la misma forma, se trata de elementos distintos (adjetivo y pronombre) que cumplen funciones distintas sobre la expresión total resultante (en efecto, se puede preguntar cuál de las dos expresiones revela mayor desprecio y la respuesta inequívoca será siempre la segunda).

e. Todos los elementos favorecen la realización de una función grupal. Todos colaboran con el mismo objetivo: ganar el juego o, en el caso de las lenguas, producir un enunciado que nos permita expresarnos cabalmente en un momento determinado.

f. El estado resultante del funcionamiento del conjunto es único y singular. Por ello mismo, es el producto de la creatividad de los hablantes o de los jugadores. En ese sentido, cada partido de fútbol y cada intercambio verbal son únicos e irrepetibles. Reservaremos esta característica –por cuestiones de estrategia de nuestro juego– para el apartado final.

No obstante lo anterior, podemos preguntarnos ¿es lo mismo un sistema que un código? ¿Qué diferencia un sistema de un código? Repasemos algunos ejemplos de este último.

Son códigos la moda, las señales de tránsito y, muy probablemente, las normas de cortesía. ¿Qué hay de común en ellas y que las distingue de los sistemas? Veamos. Todos nuestros ejemplos están compuestos por elementos: la moda está compuesta de las prendas que forman parte de una determinada colección; las señales de tránsito, por las mismas señales que hacen que los autos circulen, normalmente, sin mayores percances; y las normas de cortesía, por aquellos comportamientos que observamos cuando vamos por la calle o cuando alguien nos invita a almorzar a su casa. Sin embargo, carecen de la segunda característica que identifica a los sistemas: las reglas para combinar los elementos descritos. Dicho de otro modo, carecen de posibilidades combinatorias. Así pues, no puedo combinar dos señales de tránsito que me permitan explicar que “esta curva es aún más peligrosa hoy, que ha llovido, que ayer, que no llovió y que brilló el sol todo el día”. Por otro lado, puedo dar la mano en señal de cortesía, pero la fuerza con que apriete la mano de quien reciba mi saludo no trasmite si siento un gran respeto por su persona o si estoy contento por haberme cruzado con ella el día de hoy. Finalmente, vestir de saco y corbata da a entender que estoy camino a un acontecimiento importante, pero el hecho de que la corbata sea de cuadros o a rayas no indica, de por sí, si me dirijo, por ejemplo, a un matrimonio o a un velorio (aun cuando algunos piensen que no hay mayor diferencia entre ambas ceremonias). Cuando esto ocurre, nos encontramos frente a señales organizadas en códigos: elementos que

trasmiten mensajes, pero cuyas posibilidades combinatorias a fin de crear nuevos mensajes son muy pobres o, acaso, inexistentes. ¿Ocurre lo mismo con los sistemas? Hemos demostrado que no.









1. Carácter funcional del sistema

Tomemos otro deporte, solo como referencia, para despejar dudas sobre los términos que componen el título de este apartado. El ajedrez es, como sabemos, aquel juego compuesto de piezas y de reglas sobre cómo mover dichas piezas dentro de un tablero. El objetivo del juego es capturar el rey del adversario, y obligarlo a declinar, a rendirse. Las piezas, que son parte del juego, tienen movimientos claramente definidos por las reglas antes mencionadas: los peones avanzan una casilla por turno,[1] siguiendo siempre una línea recta, y, cuando “comen”, lo hacen en diagonal; los caballos se desplazan en forma de “L” y pueden saltar por encima de las formaciones enemigas, siempre que no caigan en alguna casilla ocupada por una pieza de su mismo bando; los alfiles avanzan en diagonal, y pueden hacerlo como les plazca, o como les obliguen las circunstancias del juego (privilegio que está prohibido a los peones, que siempre van hacia adelante); la reina, para citar un último ejemplo, puede, gracias a su valor dentro del juego, cubrir todos los movimientos antes descritos, salvo rebajar su dignidad a la del caballo y moverse como este.

Ninguna pieza puede escapar a esta severa lógica. Hacerlo terminaría con el juego, pues “jugar ajedrez” es moverse siempre dentro de las “reglas del juego del ajedrez”. Podemos ver, entonces, que las reglas son parte importante, tan importantes como las piezas, en la aplicación de nuestro conocimiento del juego. Al seguirlas, respetamos la lógica del mismo, respetamos lo “funcional” que hay en él. Por ello, sabemos que no es importante que el juego sea de plástico, de madera o de piedra de Huamanga; y que, frente a la pérdida de alguna pieza, podemos colocar algún otro objeto (una pieza de otro juego o hasta la tapa de una bebida gaseosa) y reanudar la partida, siempre que este nuevo elemento siga las reglas de la pieza a la que reemplaza. Esta certeza, clave en el desarrollo del concepto de lengua como sistema –y en el desarrollo de cualquier partida–, es similar a la que Ferdinand de Saussure describió en su célebre Curso de Lingüística General:

“(...) la lengua es un sistema que no conoce más que su orden propio y peculiar. Una comparación con el ajedrez lo hará comprender mejor. Aquí es relativamente fácil distinguir lo que es interno de lo que es externo: el que haya pasado de Persia a Europa es de orden externo; interno, en cambio, es todo cuanto concierne al sistema y sus reglas. Si reemplazo unas piezas de madera por otras de marfil, el cambio es indiferente para el sistema; pero si disminuyo o aumento el número de piezas, tal cambio afecta profundamente a la “gramática” del juego.” (1970: 70)




[1] Salvo cuando se inicia la partida, pues, en este caso, pueden adelantar, en un solo movimiento, dos espacios.

Algo similar ocurre con la gramática de la lengua. Puedo utilizar las siguientes piezas: Fido, abuela, mordió, a y la, y combinarlas en el siguiente enunciado:





i. Fido mordió a la abuela

Puedo combinarlas de otra manera y obtener un resultado correcto dentro de las reglas del castellano, aunque inverosímil dentro de las leyes del sentido común:

ii. La abuela mordió a Fido.

Sin embargo, es claro que las siguientes combinaciones se alejan de las reglas que el juego propone para su correcto desempeño:

iii. *Fido abuela mordió a la

iv. *Abuela a la mordió Fido

Por otro lado, puedo utilizar otras piezas y formar enunciados nuevos a partir de las formas ya vistas. Estos enunciados, si bien se alejan de lo dicho anteriormente, reproducen la misma relación entre los elementos presentados y no quiebran ninguna regla del juego:

v. El cartero mordió a Fido.

vi. Fido ladró a los escolares.

Tengo ahora otras piezas que se mueven dentro de las reglas del juego antes descrito. La posibilidad de realizar estas jugadas y todas las que se harán en el futuro están aseguradas por esta cualidad denominada “funcionalidad”; gracias a ella, todas las jugadas que se pueden realizar dentro del juego van a respetar las reglas y las funciones que cada pieza cumple dentro de este.


4. Carácter social del sistema: el concepto de norma

Volvamos a Higuita para tratar de explicar el carácter social del sistema o, lo que es lo mismo, el concepto de norma. ¿Cuál pudo ser el objetivo que este debía cumplir en el caso específico de la jugada descrita? Higuita era un jugador en ese partido, una pieza más dentro del sistema, el arquero. Y lo que hizo fue despejar el balón. Es decir, cumplió su función, o la función que el sistema había encargado a esta pieza específica. Al hacerlo, colaboraba con la obtención final de una victoria, vale decir, el objetivo del equipo. Entonces, ¿por qué se hizo célebre esta jugada?, ¿qué de inusual hubo en ella?

Volvamos al relato del minuto veintidós de ese partido específico. El balón venía cayendo desde una altura considerable con dirección al arco de Higuita y aquel debía “descolgarlo”[1] a fin de neutralizar el ataque de la selección inglesa. Este tipo de disparos son fáciles de atrapar, pero traen consigo algunas complicaciones (por ejemplo, puede ser aprovechado por los rivales para incomodar al arquero durante el salto y evitar que obtenga el esférico). Un arquero profesional sabe que debe retroceder, calcular la trayectoria del balón, “descolgarlo” y pasarlo al compañero menos marcado, a fin de salir lo más rápido posible de esta situación de peligro. Además de ello, un arquero profesional sabe que, si bien es lícito detener el balón con el pecho y jugarlo con los pies o pasarlo de cabeza a los defensas, esta es una jugada riesgosa que nadie, en su sano juicio, llevaría a cabo. Sin embargo, realizarlas no altera el funcionamiento del juego, pues no son jugadas que prohíba el reglamento de este. Son jugadas riesgosas, vistosas, innecesarias desde cierto punto de vista, pero nunca antirreglamentarias. Higuita realizó una jugada riesgosa, de penosas consecuencias si no hubiese tenido éxito, una “jugada inusual” para ser exactos, pero, aun así, válida dentro de la legalidad del juego.

En otras palabras, somos conscientes de que existe un patrón de jugadas reglamentarias y, además, usuales dentro del juego (“jugadas a las que estamos acostumbrados”). Podemos decir que dichas jugadas, normales dentro del desenvolvimiento de un partido y aseguradas por la costumbre –por su repetición constante–, son parte de lo que vamos a postular, en el terreno de la lengua, como norma:

“(...) elementos que no son únicos u ocasionales, sino sociales, es decir, normales y repetidos en el hablar de una comunidad, y que, sin embargo, no pertenecen al sistema funcional de las formas lingüísticas (...)”. (Coseriu 1978, 55-56)

La norma será, entonces, aquel conjunto de hechos repetidos, instituidos por la costumbre, que los hablantes (y los jugadores) realizan de forma constante y que no afectan las reglas del juego, pues son la expresión del mismo: formas lingüísticas (y jugadas) que la fuerza del uso ha fijado como normales. En ese sentido, son ejemplos de “jugadas normales” parar el balón con el pecho o pasarlo por encima del rival –lo que se denomina, usualmente, “hacer un sombrero”–. En el terreno de la lengua, ocurre lo mismo. Son jugadas normales las expresiones “buenos días”, “mi más sentido pésame”, “encantado de conocerlo” o “hasta mañana”.

Ahora bien, con lo que ya sabemos, leamos el siguiente texto:

Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta,

gambeteabas la pobreza en la casa de pensión.

Hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta,

los morlacos del otario los jugás a la marchanta

como juega el gato maula con el mísero ratón.

Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones,

te engrupieron los otarios, las amigas y el gavión;

la milonga, entre magnates, con sus locas tentaciones,

donde triunfan y claudican milongueras pretensiones,

se te ha entrado muy adentro en tu pobre corazón.

Las líneas anteriores pertenecen a la canción “Mano a mano”, un famoso tango de Celedonio Flores interpretado por Carlos Gardel. Por supuesto, lo que nos interesa de él es lo que nos pueda decir acerca de nuestro conocimiento de la lengua. En ese sentido, podemos afirmar que se trata de un texto en castellano, pues está compuesto por enunciados correctamente formados dentro de las reglas del sistema de esta lengua. Sin embargo, y con el mismo énfasis, podemos sostener que no se trata de un texto “en el castellano que conocemos”, o en “nuestro castellano”. ¿Es esto posible? Al parecer, lo es. ¿Cómo explicarlo? Por medio del concepto de norma que acabamos de exponer.

El texto de la canción presentada, sistemáticamente –funcionalmente–, responde a las reglas de formación de palabras y frases de la lengua conocida como castellano. No obstante, el hecho de que responda a las reglas generales de funcionamiento de la lengua resulta insuficiente para describir sus particularidades. Este texto pertenece al castellano sí, pero no al castellano que los hablantes de Lima generalmente utilizan. Pertenece al castellano de los hablantes de una modalidad específica de castellano, de un momento específico del castellano –el de los años cuarenta del siglo pasado– que, sin lugar a dudas, no es el nuestro. Es el castellano del Río de la Plata, específicamente, de la variedad sociolectal conocida como “lunfardo”. Consecuentemente, es castellano, sí, pero el castellano que acostumbraban utilizar los hablantes que pertenecieron al grupo antes descrito, un grupo bastante diferente de nosotros.

Veamos ahora un caso más cercano, quizás de matiz biográfico. Pensemos en el niño que se encuentra en pleno proceso de interiorización de su lengua y que conoce ya algunos verbos con los que ensaya sus primeros enunciados:

vii. *Yo sabo contar hasta cinco.

viii. *Yo cabo en ese lugar.

En este caso, podemos inferir que el niño ha conjugado los verbos sobre patrones ya existentes y bastante bien conocidos, es decir, sistemáticos, como el del caso del verbo “comer” o “cantar”. De esta imitación, surgen estos enunciados. Sin embargo, es en estas circunstancias que tropezará con la norma, que lo constreñirá a modificar sus expresiones por las siguientes formas usuales:

ix. Yo sé contar hasta cinco.

x. Yo quepo en ese lugar.

De este modo, si bien el sistema guía nuestro conocimiento de la lengua y permite que formemos enunciados que nos permitan expresar aquello que queremos decir, es la norma la que limita esta libertad creativa y se encarga de suministrar las formas usuales, desde el punto de vista social, que la comunidad ha instituido como tales.[2]

Volviendo al caso de René Higuita, el arquero colombiano realizó una jugada reglamentaria dentro del sistema del juego del fútbol, pero bastante inusual. Ese carácter inusual es el que sorprendió a los espectadores de este deporte, acostumbrados a soluciones “más normales”. Finalmente, ese carácter inusual (para hablantes como nosotros, no familiarizados con el “lunfardo”) es el que nos sorprende cuando tropezamos con textos como el de Celedonio Flores.

5. Norma y normativa

Es necesario, ahora, hacer un breve deslinde, en aras de no confundir algunos términos y dejar en claro el camino por donde queremos transitar. Dicho deslinde tiene que ver con dos términos de sonido próximo, pero de significado diferente: norma y normativa.

El primer concepto tiene que ver, como ya hemos mencionado, con las realizaciones típicas –usuales– que una comunidad de hablantes acostumbra utilizar para expresarse. En ese sentido, en la ciudad de Lima, a inicios del siglo XXI, es normal el siguiente enunciado:

xi. Ayer vino el gasfitero a arreglar el caño.

frente a su versión madrileña

xii. Ayer vino el fontanero a reparar el grifo.

que suena, para muchos limeños, bastante extraña. Sin embargo, qué responderían los hablantes frente a la pregunta: ¿cuál de los dos enunciados es más correcto? Seguramente, alguien se sentirá tentado de proponer que, como el castellano tiene un origen indiscutiblemente español, la forma madrileña (cabeza del viejo reino) es la forma más correcta o la verdadera o la menos impura. ¿Es esto cierto? ¿No hemos dicho antes que son sistemáticos los hechos que tienen relación directa con el funcionamiento del sistema y que son normales o usuales aquellos relacionados con formas socialmente impuestas? ¿No es correcta cualquier forma que siga las reglas del sistema e incorrecta la que hace lo contrario? De hecho, desde un punto de vista puramente lingüístico, toda forma que siga las reglas de formación de enunciados de una gramática es correcta. En ese sentido, toda forma que sea producto de la puesta en marcha de esas reglas es, sin posibilidad de error, “correcta”.

Pese a lo anterior, no todas las formas son, desde el punto de vista de la normativa, igual de prestigiosas. Expresiones como “aguanta un toque”, “aflojá un cachito” o “joder tío” están estigmatizadas como formas poco elegantes –o hasta incultas– dentro del ejercicio de los hablantes. Por ello, la Real Academia de la Lengua Española (cuya sede se encuentra en Madrid) se encarga de señalar qué formas son más prestigiosas, cultas y elegantes y qué formas son menos prestigiosas, incultas o poco elegantes (hasta vulgares) dentro del repertorio de la lengua. No por gusto el escudo de esta antigua institución lleva escrito el lema Limpia, fija y da esplendor. Por otro lado, y como ya puede intuirse, algo de esa antigua conciencia de metrópoli está incluido en esta discusión.[3]

De lo anterior se desprende que este nuevo concepto, normativa, no es de interés en nuestro texto ni en nuestra propuesta. Nos interesa, sobre todo, aquello que los hablantes libremente producen, pues en esa actividad podemos verificar su conocimiento del sistema, su certeza de la existencia de una norma y la creatividad que pone en juego cada vez que tienen necesidad de expresarse en su lengua. Si existiese una institución similar a la antes descrita en el terreno del fútbol (¿la FIFA?), con la misma capacidad de cohibir las realizaciones de sus hablantes, ¿se hubiese atrevido Higuita a hacer El escorpión? Resolvamos esta pregunta en el apartado final.

6. Creatividad

Si consideráramos como inexistentes las palabras que no se encuentran en el Diccionario de la Academia (código de la norma), no podríamos decir planteo, concretamiento, ocultamiento, sincronización, sacapuntas; podríamos emplear papal sólo en el sentido de “perteneciente o relativo al Papa”, y no en el de “plantación de papas” (...).

Coseriu 1978: 78

En efecto, si restringiésemos nuestro uso de la lengua solo a las palabras que figuran en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE), nuestro vocabulario se vería bastante mermado. No tendríamos cómo llamar a ese postre limeño que se come bañado en miel de higo y que es producto de una masa que se fríe en aceite hirviendo. Probablemente, no podríamos utilizar la expresión “un ratito” en la única forma en que los habitantes de Lima sabemos utilizarla. Estaríamos obligados, siempre que el clima lo requiera, a vestir “bufandas” o “calcetines”. Finalmente, muchas actividades del mundo globalizado, como entrar al “chat” o utilizar nuestros “ipods”, nos serían ajenas. Ello porque todos estos objetos responden a términos que el DRAE no contempla.

Sin embargo, el ejercicio cotidiano de nuestra lengua nos demuestra lo contrario, pues los hablantes, de manera constante, producen enunciados creativos que caracterizan sus actos de habla. Como ejemplo de esto, piénsese en el uso extendido de la jergas o en las variantes que las lenguas adquieren en las distintas regiones de un país. Asimismo, somos capaces de constatar formas diversas de acuerdo con el género o el estrato socioeconómico de los hablantes.

Si el sistema fuese un sistema rígido, que obligase a los hablantes a producir solo formas pasivamente registradas, no tendrían cabida estas variaciones y no habría lugar más que para un uso previsible por parte de los hablantes. Por el contrario, sabemos que, en el terreno de la lengua, basta con manejar sus principios generales (principios que todo hablante competente ya ha interiorizado) para expresar, por medio de esta, todo aquello que queramos decir. En ese sentido, debemos entender al sistema de la lengua como

“(...) sistema de posibilidades, de coordenadas que indican caminos abiertos y caminos cerrados: puede considerarse como conjunto de “imposiciones”, pero también, y quizá mejor, como conjunto de libertades, puesto que admite infinitas realizaciones y sólo exige que no se afecten las condiciones funcionales del instrumento lingüístico: más bien que “imperativa”, su índole es consultiva”. (Coseriu 1978: 98)

Debido a ello, el hablante se encuentra en la capacidad de decidir entre las posibilidades combinatorias que el sistema de su lengua le proporciona. Consecuentemente, desde esta perspectiva, la lengua se presenta bajo la apariencia de un sistema en constante renovación. Dicha renovación se nutre de las contribuciones que los hablantes realizan con cada una de sus intervenciones como usuarios de la lengua. Por ello, se puede afirmar que estos, en sus expresiones cotidianas, la realizan y mantienen viva. Evidencia de esto último es el siguiente texto, parte de una conocida canción de los años ochenta:

Yo vivo por Magdalena

pero muero por Susana

yo miro la luna llena

de stickers cada mañana

amor mío yo te siento

porque el micro va lleno

lleno, lleno, lleno pa’ Magdalena

porque vivo por Magdalena

pero muero por Susana

Susana, Susana, Susana tus errores

porque el sol está cayendo

pero el dólar viene subiendo.

Como puede verse, el conocimiento de una lengua no es conocimiento pasivo que los hablantes simplemente repiten cuando tienen que dar cuenta de alguna necesidad expresiva. Asimismo, no podemos caracterizar al sistema como un conjunto de reglas que nos obliguen a comunicarnos bajo la sola repetición de hechos registrados anteriormente y pasivamente establecidos. Por el contrario, debemos entender el sistema como aquel conocimiento que los hablantes han desarrollado a partir del uso, que han instituido bajo la forma de ciertas convenciones sociales y que, sobre todo, han asegurado como un desempeño creativo.

7. Tiempo extra

Hasta el minuto veintiuno de ese encuentro amistoso entre Colombia e Inglaterra, El escorpión no existía más que en las posibilidades del juego del fútbol. Ningún jugador la había realizado nunca. Sin embargo, ningún jugador estaba impedido de realizarla. La jugada se encontraba en potencia, y simplemente no había sido vislumbrada por nadie antes de René Higuita. Cuando llegó el minuto veintidós, el arquero colombiano fue requerido por una circunstancia específica del partido: el lanzamiento de Jamie Redknapp. Su respuesta fue una jugada inédita, pero posible y correcta dentro de las reglas del juego del fútbol. En suma, fue un acto creativo que el jugador pudo llevar a cabo a partir de su conocimiento profundo de las reglas del juego y de su conocimiento de la normas usuales del mismo. Actualmente, la jugada es parte del conocimiento de los demás jugadores de fútbol y su práctica, aunque dificultosa, se ha repetido en otros encuentros amistosos, compromisos sobre los que no pesa la presión de la competencia.

El hablante, por su parte, enfrenta las mismas exigencias descritas en el caso del conocido futbolista. En ese sentido, hablar una lengua (y desenvolverse de manera competente en ella) es demostrar un dominio claro de las reglas de funcionamiento de la misma. Asimismo, el hablante es, también, consciente de la norma que constriñe este conocimiento y que determina parte de su producción lingüística. Empero, guiado por el sistema, y por encima de lo que dicte la norma, es capaz de aplicar, de manera creativa, ambos conocimientos y producir enunciados que le permitan comunicarse eficazmente con los demás miembros de su entorno, con los demás jugadores.



[1] Jugada en la que el arquero salta y toma la pelota con las manos para, posteriormente, entregarla a alguno de sus jugadores más cercanos.

[2] Otras formas no usuales dentro de nuestra comunidad son “coche” por “carro”; “emparedado” por la forma más limeña “pan con ...” o la castellanizada “sánguche de...”; “pibe” por “chico” o “chibolo”; entre otras.

[3] Ello puede verificarse en los diccionarios que esta institución elabora, donde las formas reconocidas como válidas, mas no españolas, figuran, las más de las veces, bajo el término “americanismo”, noción que denota una clara conciencia de centro versus periferia.



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